Ravel 142

Hoy, siete de marzo, hace dos meses exactos que no escribo nada. Sin embargo, también hoy, siete de marzo, es el 142 cumpleaños de uno de mis compositores más admirados y queridos, Maurice Ravel. A lo largo de mis años de estudiante sólo he interpretado una de sus obras –y me llevó todo un año de duro trabajo– pero he estudiado su vida y su producción pianística desde diversos puntos de vista. Si hubiese tenido la oportunidad de tocar una de sus partituras ante él, lo más probable es que pensase en mí como un ejecutor –en el sentido más literal de la palabra– de su música. No obstante, no puedo evitar que Ravel me caiga bien. Su biografía perfila un hombre minucioso, atento al detalle, perfeccionista; también una persona de buen corazón y mente abierta. Un francés de ascendencia española, fuertemente influido por nuestra tradición, y quizá más español que muchos compositores nacidos en nuestro país.

Hace casi un año, Codalario me publicó un artículo sobre su obra «Le Tombeau de Couperin», que es posible leer aquí. Es una obra que, personalmente, considero conmovedora por el trasfondo trágico que, en realidad, apenas deja entrever en sus seis movimientos. A continuación dejo el vídeo de «Le Tombeau» en la versión de Angela Hewitt –en directo–, que es a mi entender una de las más interesantes que hay ahora mismo disponibles, junto con la de la gran Monique Haas.

¡Joyeux anniversaire, maestro!

Una conversación con Luis Vázquez del Fresno

Luis Vázquez del Fresno fue mi profesor de piano entre 2007 y 2009 en el Conservatorio Superior de Música del Principado de Asturias. Él me enseñó que mi técnica estaba lejos de ser buena –porque no sabía emplear correctamente el peso corporal al tocar–, y me ayudó a entender las bases de lo que debe ser una técnica sólida, cuya obtención aún persigo. Además de pianista y docente, Vázquez del Fresno es compositor. Como profesor y alumno tuvimos nuestros más y nuestros menos, pero siempre he admirado su trabajo como intérprete –en su cabeza y en sus manos está la integral de la obra pianística de Debussy– y muy especialmente como creador. Creo que su lenguaje es elegante, que tiene un buen gusto innato que hace que muchas de sus obras posean una calidad de acabados muy elevada y que su infinita curiosidad le ha llevado a experimentar en múltiples estéticas musicales, de modo que su obra es rica en influencias y muy variada en planteamientos.

Al enfrentar mi último año de estudios musicales quise dedicar mi trabajo fin de carrera a su obra pianística. Se volcó en mi proyecto, me facilitó grabaciones, partituras, recortes de prensa y críticas. Mantuvo conmigo una interesante conversación que transcribí para incluirla como anexo al trabajo pero que nunca fue publicada como entrevista independiente. Ahora la revista de música Síneris publica la transcripción de esa entrevista, que es probablemente el primer perfil biográfico que existe del compositor asturiano, y una fuente de valiosos datos sobre su trayectoria y su formación. La entrevista puede leerse completa aquí.

Agradezco a Síneris y a su directora, Cristina Aguilar, que me hayan brindado la oportunidad de publicar parte de mi trabajo sobre la figura de Vázquez del Fresno, en cuya obra sigo trabajando actualmente.

Cabos sueltos

La experiencia que tengo haciendo crítica musical es sólo levemente superior a la que tengo pilotando helicópteros, es decir, ninguna. Apenas he escrito una docena de reseñas de conciertos y grabaciones en una revista que, amablemente, ha decidido confiarme su plataforma para expresar en público mi opinión sobre el trabajo ajeno. Gracias a ello he podido conocer gente importante y respetada en el mundo de la música clásica, y también tener alguna interesante conversación con amigos y familiares sobre la utilidad de la crítica. No soy un teórico, ni un musicólogo, ni un erudito conocedor de la obra de Adorno o de Hanslick. En su momento estudié música, en su momento toqué el piano y en su momento supe algo de cómo debe hacerse cierta música –más por criterio heredado de mis maestros que por desarrollo de mi propia capacidad creativa–. Vayan por delante mis credenciales.

Es comprensible que en un mundo alicatado hasta el techo de vídeos y audios, la palabra escrita pierda peso. En ese contexto poco sentido tiene que un cronista entre en una sala de conciertos, tome cuatro notas en un cuaderno –ya casi ningún crítico lo hace– y luego ponga en negro sobre blanco lo que ha pasado. Asimismo, cualquiera que haya estado en ese mismo concierto tiene –o puede tener– un blog o un perfil en cualquier red social para dar su opinión, por lo que la crítica pierde aún más su sentido.

Pero imaginemos a un melómano que, aunque tiene su propio gusto musical formado a lo largo de años escuchando conciertos y grabaciones, disfruta leyendo la opinión de una voz a la que se le suponen conocimiento y criterio musical y, por descontado, dominio de la palabra. ¿Podría ser la crítica una manera de enriquecer nuestro propio criterio como melómanos? ¿En qué modo podría hacernos daño conocer el punto de vista de tal o cual crítico? Es más, ¿acaso no se siguen haciendo artículos de opinión –sobre política, deporte, etc.– y la gente los lee con interés? Exempli gratia: un periodista al que llamaremos cariñosamente Fulanito de Zutano escribe con periodicidad semanal una columna de opinión en un reconocido diario de corte progresista. Al mismo tiempo, su colega Menganito Perengánez escribe su propia columna de opinión en otro diario, esta vez de tendencias conservadoras. Es lógico que aquellos que tienen pensamiento progresista prefieran, aunque no estén de acuerdo por completo con sus comentarios, la opinión del primero, mientras que el lector conservador preferirá la opinión del segundo. Pero a ninguno de los dos tipos de lectores se les ocurre atacar directamente al género periodístico en sí, algo que sucede constantemente con la crítica musical. Preferiré las críticas que frecuenten aquellos mismos derroteros por los que mis gustos transitan, pero no por ello veo razonable atacar a la crítica en sí misma. Ella no me ha hecho nada.

Tampoco se tiene en consideración el momento en que llegan las críticas. A una gran figura tiende a perdonársele cualquier veleidad. A un intérprete joven se le exige de manera constante que esté a la altura de los grandes, que no baje la guardia y nos demuestre en cada ocasión posible que no ha descuidado su talento, que trabaja duro para ser algún día un intérprete consagrado. Sin embargo, una crítica negativa puede hacerle mucho más daño al joven intérprete –que por otra parte es inexperto aun, está en proceso de maduración, una maduración que no siempre es sinónimo de mejoría pero que puede serlo y por ello hay que darle alas– que a la vaca sagrada, a la que mi opinión le importa más bien poco. En el momento en que se encuentra, las críticas no le importan porque sabe que tiene al público de su lado haga lo que haga. La vaca sagrada se ha ganado el respeto del público pero eso no significa que pueda hacer lo que quiera con la música; sus veleidades no son perdonables porque, precisamente por ser quien es, podrían ser tomadas erróneamente como modelo y eso es más perjudicial que cualquier otra cosa. Y ahí está la crítica, para intentar evitar que las veleidades propias de todo gran intérprete –que son respetables, claro que sí, y comprensibles también cuando se ha pasado toda una vida tocando música dentro de un determinado canon– sean tomadas como norma universal cuando son, en realidad, una excepción que, claro está, puede gustarnos o no.

Mi enfoque personal cuando escribo una crítica parte siempre de la base de que el público merece el mayor de los respetos, que por algo siempre lleva el sobrenombre de «el respetable». Esto implica que el intérprete estudie, haga sus deberes y salga al escenario dispuesto a tocar la música con rigor estilístico, coherencia formal, sensibilidad, expresividad, y demás. Del mismo modo, ese difícil trabajo debe recompensarse siempre con un respeto igual por parte del público, que debería escuchar en silencio, con los teléfonos apagados, procurando no toser de manera estentórea –algo que no sólo molesta al músico sino también a los demás asistentes–, y comportándose, en definitiva, de forma respetuosa. ¿Qué sucede cuando una vaca sagrada sale al escenario sin haberse preparado lo suficiente, confiando en que su inusitado talento y su pasmosa facilidad para la interpretación le haga salir con éxito del concierto? Que falta al respeto al público. El talento no lo es todo. Es más, sin trabajo no es casi nada. Y esa falta de respeto al público es censurable, y el crítico debe estar ahí para dejar constancia como también debería dejar constancia cuando es el público el que ofende al intérprete, por supuesto.

Antes de terminar, hay dos cosas que me gustaría poder comentar. La primera atañe a la soberbia. Se suele tener una visión sesgada del crítico. Se suele pensar que es un personaje que acude a los conciertos con actitud soberbia, que cree estar en posesión de la verdad absoluta y que está dispuesto a extraer cualquier mínimo defecto de la más maravillosa ejecución musical. Pero no. El crítico va al concierto como cualquier otro integrante del público, disfruta de lo que oye, se emociona con todos, quizá detecta más errores que el oyente común pero no necesariamente los tiene en cuenta. La diferencia es que después se le da la oportunidad de escribir y publicar su opinión, pero no deja de ser sólo eso, una opinión, que puede refutarse y que puede no compartirse. Hasta ahí podíamos llegar. La segunda atañe a la prudencia. A partir del primer punto, puede considerarse que el crítico no es nadie, que es un intérprete frustrado –yo lo soy, ¿y qué? ¿me impide ello disfrutar de la música que hacen mis colegas?– y que su opinión nada vale si la enfrentamos al criterio de un músico de renombre. Pero créanme, conozco a músicos de una hondura intelectual infinita cuyo nombre no le suena a nadie. La fama y el renombre no son sinónimos de nada. Hay gente exitosa que masacra sin clemencia las más bellas obras de arte. Hay intérpretes magníficos a los que nadie recuerda ya. Hay críticos que son excelentes músicos aunque sus interpretaciones no pasen del salón de su casa y cuya opinión me merece más respeto que la de algunos intérpretes.

Apenas hemos aclarado nada, después de todo. El que crea que la crítica musical es inútil, seguramente seguirá creyéndolo. El que piense que el crítico no tiene autoridad para decir lo que dice o que su posición es muy cómoda, seguirá pensándolo. Pero creo que es interesante tener en cuenta estos puntos de vista y considerarlos antes de emitir un juicio sobre el valor de la crítica musical. Naturalmente es posible refutarlo todo, y quisiera que alguien lo hiciera, así podríamos debatir. Siempre he creído que el debate respetuoso entre profesionales es saludable y necesario, por lo que agradeceré a cualquier que pueda hacerlo que tome todos estos cabos sueltos que he dejado aquí planteados y los ate a su manera. Seguramente todos saldremos beneficiados.

Hablando con Emanuel Ax

Emanuel Ax y Álvaro Menéndez. © Fernando Frade. Reproducida con permiso expreso del autor y de la revista Codalario.

Escribir para la revista Codalario me ha permitido conocer a algunas grandes figuras de la interpretación musical. Recientemente pude cubrir un encuentro entre los principales medios de comunicación y el pianista y director de orquesta argentino Daniel Barenboim. En otra ocasión tuve la suerte de poder entrevistar al gran pianista Emanuel Ax. El fotógrafo Fernando Frade capturó un momento de nuestra conversación, que reproducimos aquí con permiso tanto del autor como de la revista Codalario. Vaya desde aquí mi agradecimiento a ambos.

La entrevista completa puede leerse en el Anuario Codalario 2016, que se edita en papel, pero en la web es posible acceder a una parte de ella.

Síneris

Recientemente he comenzado a colaborar con la revista Síneris, publicando crítica musical. A continuación dejo una muestra de algunos de ellos y enlaces a la revista, donde puede leerse en su totalidad.

Aunque la fecha de publicación de esta entrada es de octubre de 2016, se actualiza periódicamente con nuevos enlaces a críticas y artículos.

Puralegría: No sólo una cara bonita.

En ocasiones, cuando uno cree que la música actual se ha ido definitivamente a pique y que nadie es capaz de crear nada original que tenga un mínimo de validez, aparece por casualidad en tu vida un disco que te devuelve un poco de esa esperanza perdida, como una suerte de destello de creatividad. Leer más.

Un divo en la intimidad: Rufus Wainwright, la delgada línea entre dos músicas.

No deja de sorprender cómo un artista con un estilo escénico tan marcado y particular es, al mismo tiempo, un maestro de la mímesis musical. Capaz de abordar la literatura clásica como pretexto para un trabajo de tipo popular o comercial, de escribir una ópera o de incluir un Agnus Dei en uno de sus discos más pop, Rufus Wainwright es el ejemplo vivo de que la delgada línea entre las músicas clásica y popular es, en efecto, más delgada de lo que podría parecer, y de que ambas no son incompatibles sino complementarias. Leer más.

Página en blanco

Mañana, martes 4 de octubre de 2016, arranca un nuevo proyecto en el que un equipo de gente amante del arte y de la cultura ha puesto su ilusión, su tiempo y su empeño: Página en blanco es el nombre de un nuevo programa que se emitirá a través de Radio Círculo de Bellas Artes a las 18:00 horas y en el que durante sesenta minutos se hablará de música, pintura, literatura, pensamiento, arte y cultura en definitiva.

A este equipo de gente formado, por el momento, por Belén Quejigo, Tanit Lagüéns y Carmen Noheda, he tenido el placer de incorporarme como colaborador y responsable técnico del programa, que se realiza con el patrocinio de SAE Institute Madrid. En un acceso de arriesgada e imprudente inmodestia, me he apropiado de siete minutos del programa para desarrollar una pequeña sección titulada «No disparen al pianista», en la que comentaremos y escucharemos obras breves e inhabituales del repertorio pianístico.

Mañana a las 17:00 en Radio Círculo de Bellas Artes. Página en Blanco. Arrancamos.

Codalario

Desde hace unos meses colaboro con la revista de música clásica Codalario, escribiendo artículos de opinión y crítica musical. Quiero dejar aquí una muestra de algunos de ellos y los enlaces a la revista, donde pueden leerse completos.

Aunque la fecha de publicación de esta entrada es de septiembre de 2016, se actualiza con frecuencia añadiendo nuevos enlaces a Codalario con nuevas críticas y reseñas.

Sensibilidad irregular: Jaroussky & Stutzmann

No obstante, en lugar de su voz, Stutzmann prefirió mostrarnos la maestría de su batuta y dejó que fuera el renombrado contratenor Philippe Jaroussky quien acometiera la parte vocal del grupo de canciones que escribiera el autor de la Sinfonía fantástica. Jaroussky, quien por otra parte es especialista en repertorio barroco, afrontó el reto de una obra fuera de su zona de confort y supo convencer al auditorio. Leer más.

Sinergia de talentos: Argerich & Cuarteto Quiroga

Al Cuarteto Quiroga se unió de nuevo Martha Argerich para abordar, después del intermedio, el bellísimo Quinteto con piano en mi bemol mayor op.44 de Robert Schumann. Es aquí donde, después de haber disfrutado por separado de una de las leyendas vivas del piano y de un cuarteto de primer orden, sucede la sinergia: una combinación inmejorable en la que el resultado es mucho más que la suma de sus partes. Realmente es difícil poner en negro sobre blanco, pues es una experiencia que debe presenciarse para entenderse en su totalidad. Leer más.

Concierto: La OCNE en Mendelssohn y López

En general toda la obra es una demostración, exenta de excentricidades, de los recursos de la orquesta sinfónica; una orquesta muy nutrida, en este caso, que contaba con unos metales muy presentes, celesta y una sección de percusión que recibió una buena parte de los aplausos del público. Leer más.

«Ravel concertos», de Yuja Wang

El Concierto en sol es, sin duda, el más frecuentado de los dos que Ravel escribiera para el piano. Poco hay que decir de esta obra que no se haya dicho ya. Con su contraste entre la claridad más rutilante y una momentánea oscuridad jazzística que, lejos de ser drama, es sensualidad y seducción, Ravel dibuja una de sus más célebres páginas y una de las más importantes del repertorio para piano. Leer más.

«The Seattle Recital», de Emil Gilels

¿Cómo se encara la crítica de un disco en el que el protagonista es uno de los mejores intérpretes de la historia de la música en general y del piano en particular? Ni es tarea fácil ni puede hacerse a la ligera; el crítico debe tomar consciencia de su pequeñez y reconocer que está ante un maestro que, aunque no siga con vida, puede defenderse mejor que muchos intérpretes actuales. Leer más.

«The Purcells», de Delia Agúndez

En The Purcells se reúnen una profunda investigación musicológica, un grupo de maestros instrumentistas que realizan su labor de forma intachable, un fonograma de calidad técnica y artística y, por supuesto, la presencia de Delia Agúndez a cargo de un repertorio que domina, en cuyo territorio se siente cómoda, y con el que deja claras su intención y su musicalidad, para disfrute de todos. Leer más.

«Hic est organum», de Antonio Corveiras

En un mundo como el actual, en el que la figura del virtuoso ha cobrado un peso tal que se diría que la música ocupa en ocasiones un segundo plano frente al exhibicionismo técnico, es un placer cada vez más inusual encontrar fonogramas en los que es el arte el protagonista. Si además sucede que la grabación se ha realizado con un instrumento que es en sí mismo una obra de arte, el placer se ve multiplicado a causa de su propia singularidad. Leer más.