Cabos sueltos

La experiencia que tengo haciendo crítica musical es sólo levemente superior a la que tengo pilotando helicópteros, es decir, ninguna. Apenas he escrito una docena de reseñas de conciertos y grabaciones en una revista que, amablemente, ha decidido confiarme su plataforma para expresar en público mi opinión sobre el trabajo ajeno. Gracias a ello he podido conocer gente importante y respetada en el mundo de la música clásica, y también tener alguna interesante conversación con amigos y familiares sobre la utilidad de la crítica. No soy un teórico, ni un musicólogo, ni un erudito conocedor de la obra de Adorno o de Hanslick. En su momento estudié música, en su momento toqué el piano y en su momento supe algo de cómo debe hacerse cierta música –más por criterio heredado de mis maestros que por desarrollo de mi propia capacidad creativa–. Vayan por delante mis credenciales.

Es comprensible que en un mundo alicatado hasta el techo de vídeos y audios, la palabra escrita pierda peso. En ese contexto poco sentido tiene que un cronista entre en una sala de conciertos, tome cuatro notas en un cuaderno –ya casi ningún crítico lo hace– y luego ponga en negro sobre blanco lo que ha pasado. Asimismo, cualquiera que haya estado en ese mismo concierto tiene –o puede tener– un blog o un perfil en cualquier red social para dar su opinión, por lo que la crítica pierde aún más su sentido.

Pero imaginemos a un melómano que, aunque tiene su propio gusto musical formado a lo largo de años escuchando conciertos y grabaciones, disfruta leyendo la opinión de una voz a la que se le suponen conocimiento y criterio musical y, por descontado, dominio de la palabra. ¿Podría ser la crítica una manera de enriquecer nuestro propio criterio como melómanos? ¿En qué modo podría hacernos daño conocer el punto de vista de tal o cual crítico? Es más, ¿acaso no se siguen haciendo artículos de opinión –sobre política, deporte, etc.– y la gente los lee con interés? Exempli gratia: un periodista al que llamaremos cariñosamente Fulanito de Zutano escribe con periodicidad semanal una columna de opinión en un reconocido diario de corte progresista. Al mismo tiempo, su colega Menganito Perengánez escribe su propia columna de opinión en otro diario, esta vez de tendencias conservadoras. Es lógico que aquellos que tienen pensamiento progresista prefieran, aunque no estén de acuerdo por completo con sus comentarios, la opinión del primero, mientras que el lector conservador preferirá la opinión del segundo. Pero a ninguno de los dos tipos de lectores se les ocurre atacar directamente al género periodístico en sí, algo que sucede constantemente con la crítica musical. Preferiré las críticas que frecuenten aquellos mismos derroteros por los que mis gustos transitan, pero no por ello veo razonable atacar a la crítica en sí misma. Ella no me ha hecho nada.

Tampoco se tiene en consideración el momento en que llegan las críticas. A una gran figura tiende a perdonársele cualquier veleidad. A un intérprete joven se le exige de manera constante que esté a la altura de los grandes, que no baje la guardia y nos demuestre en cada ocasión posible que no ha descuidado su talento, que trabaja duro para ser algún día un intérprete consagrado. Sin embargo, una crítica negativa puede hacerle mucho más daño al joven intérprete –que por otra parte es inexperto aun, está en proceso de maduración, una maduración que no siempre es sinónimo de mejoría pero que puede serlo y por ello hay que darle alas– que a la vaca sagrada, a la que mi opinión le importa más bien poco. En el momento en que se encuentra, las críticas no le importan porque sabe que tiene al público de su lado haga lo que haga. La vaca sagrada se ha ganado el respeto del público pero eso no significa que pueda hacer lo que quiera con la música; sus veleidades no son perdonables porque, precisamente por ser quien es, podrían ser tomadas erróneamente como modelo y eso es más perjudicial que cualquier otra cosa. Y ahí está la crítica, para intentar evitar que las veleidades propias de todo gran intérprete –que son respetables, claro que sí, y comprensibles también cuando se ha pasado toda una vida tocando música dentro de un determinado canon– sean tomadas como norma universal cuando son, en realidad, una excepción que, claro está, puede gustarnos o no.

Mi enfoque personal cuando escribo una crítica parte siempre de la base de que el público merece el mayor de los respetos, que por algo siempre lleva el sobrenombre de «el respetable». Esto implica que el intérprete estudie, haga sus deberes y salga al escenario dispuesto a tocar la música con rigor estilístico, coherencia formal, sensibilidad, expresividad, y demás. Del mismo modo, ese difícil trabajo debe recompensarse siempre con un respeto igual por parte del público, que debería escuchar en silencio, con los teléfonos apagados, procurando no toser de manera estentórea –algo que no sólo molesta al músico sino también a los demás asistentes–, y comportándose, en definitiva, de forma respetuosa. ¿Qué sucede cuando una vaca sagrada sale al escenario sin haberse preparado lo suficiente, confiando en que su inusitado talento y su pasmosa facilidad para la interpretación le haga salir con éxito del concierto? Que falta al respeto al público. El talento no lo es todo. Es más, sin trabajo no es casi nada. Y esa falta de respeto al público es censurable, y el crítico debe estar ahí para dejar constancia como también debería dejar constancia cuando es el público el que ofende al intérprete, por supuesto.

Antes de terminar, hay dos cosas que me gustaría poder comentar. La primera atañe a la soberbia. Se suele tener una visión sesgada del crítico. Se suele pensar que es un personaje que acude a los conciertos con actitud soberbia, que cree estar en posesión de la verdad absoluta y que está dispuesto a extraer cualquier mínimo defecto de la más maravillosa ejecución musical. Pero no. El crítico va al concierto como cualquier otro integrante del público, disfruta de lo que oye, se emociona con todos, quizá detecta más errores que el oyente común pero no necesariamente los tiene en cuenta. La diferencia es que después se le da la oportunidad de escribir y publicar su opinión, pero no deja de ser sólo eso, una opinión, que puede refutarse y que puede no compartirse. Hasta ahí podíamos llegar. La segunda atañe a la prudencia. A partir del primer punto, puede considerarse que el crítico no es nadie, que es un intérprete frustrado –yo lo soy, ¿y qué? ¿me impide ello disfrutar de la música que hacen mis colegas?– y que su opinión nada vale si la enfrentamos al criterio de un músico de renombre. Pero créanme, conozco a músicos de una hondura intelectual infinita cuyo nombre no le suena a nadie. La fama y el renombre no son sinónimos de nada. Hay gente exitosa que masacra sin clemencia las más bellas obras de arte. Hay intérpretes magníficos a los que nadie recuerda ya. Hay críticos que son excelentes músicos aunque sus interpretaciones no pasen del salón de su casa y cuya opinión me merece más respeto que la de algunos intérpretes.

Apenas hemos aclarado nada, después de todo. El que crea que la crítica musical es inútil, seguramente seguirá creyéndolo. El que piense que el crítico no tiene autoridad para decir lo que dice o que su posición es muy cómoda, seguirá pensándolo. Pero creo que es interesante tener en cuenta estos puntos de vista y considerarlos antes de emitir un juicio sobre el valor de la crítica musical. Naturalmente es posible refutarlo todo, y quisiera que alguien lo hiciera, así podríamos debatir. Siempre he creído que el debate respetuoso entre profesionales es saludable y necesario, por lo que agradeceré a cualquier que pueda hacerlo que tome todos estos cabos sueltos que he dejado aquí planteados y los ate a su manera. Seguramente todos saldremos beneficiados.

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