Música e ignorancia

Reconozco que encuentro muchos estímulos en la crítica musical. No era así hace unos años cuando, enfrascado en la tarea de formarme como intérprete, consideraba que el crítico está en una posición privilegiada: habla ex cátedra, no arriesga nada, aparenta regodearse en los comentarios negativos y somete al músico a la presión de sentirse permanentemente evaluado. Mi experiencia actual es muy distinta. Es posible que siga habiendo críticos cortados por ese patrón, pero ya he dejado claro en otras ocasiones que la labor de quien escribe sobre música es muy distinta y mi enfoque particular está bastante apartado de esta línea.

El caso es que, después de ocho meses sin escribir nada en el blog —pero tras una treintena de críticas, alguna entrevista y varios reportajes en revistas—, quería compartir una reflexión sobre una idea que me orbita el pensamiento últimamente: la música que no conoces te enseña lo ignorante que eres. Tengo amigos que se enfadarán al leer esto, pues pensarán que lo que digo es un nuevo episodio de esa autodegradación que, sostienen, acostumbro a practicar. Pero no van por ahí los tiros. Lo que quiero decir es que cuando uno descubre una música nueva, que no conocía, y se da cuenta de que ha pasado décadas de su vida ajeno a una creación de tanto valor, se da cuenta de que es realmente ignorante. Luego viene la parte positiva, que la hay: si el receptor es lo bastante inquieto, hará lo posible por subsanar su falta e indagará en los archivos. Escuchará varias versiones de la obra, se interesará por su origen, por su autor y sus circunstancias. Se dará cuenta de que la música es más que una experiencia sensorial y escudriñará fuera de éstos para darle un sentido completo y cerrado. Fracasará, por supuesto, pero en el intento se redime.

Al hilo de esto, recuerdo con claridad una clase de Evolución estilística del repertorio pianístico —en mi época de estudiante en el conservatorio— en la que declaré abiertamente no apreciar valor alguno en las sonatas para piano de Chopin. El comentario, que escandalizó a alguno de mis compañeros y sorprendió a la profesora, se debía más a mi ignorancia que a mi conocimiento de las obras. Hoy en día sigo sin entender por completo la segunda sonata, si bien veo en ella mucho más de lo que veía entonces, y reconozco que no puedo vivir sin la tercera, la he escuchado en incontables grabaciones, varias veces en concierto en las manos de grandes artistas y, naturalmente, tengo la partitura anotada y subrayada. La grandeza de su último movimiento es apabullante.

Del mismo modo sucede con los libros. Tengo en la mesa de mi estudio varios tomos que debería leer y que, de hacerlo, contribuirían muy sustanciosamente a paliar mi ignorancia sobre determinados temas. Ahora mismo me encuentro sumido en la lectura de los ensayos de Harnoncourt, que me está pareciendo maravillosamente coherente, y espero contar con el tiempo y la fuerza —pues no son lecturas que puedan hacerse para pasar el rato— como para enfrentarme a Gardiner, Brendel, Romero, Nieto y Neuhaus, por citar algunos.

Los que no vivimos la música como un mero instrumento de ocio, sino que intentamos ver más allá, nos sentimos más ignorantes con cada nuevo descubrimiento, y al mismo tiempo más sabios. ¿Cuánto más me quedará por conocer, si he estado hasta ahora tan tranquilo ignorando que existía esto o aquello? Sólo una insaciable curiosidad puede ayudar a responder este tipo de cuestiones, aunque agazapada en la sombra nos observe la certeza de que nos iremos de aquí sin siquiera haber sobrevolado tanta y tanta música excepcional.

Ravel 142

Hoy, siete de marzo, hace dos meses exactos que no escribo nada. Sin embargo, también hoy, siete de marzo, es el 142 cumpleaños de uno de mis compositores más admirados y queridos, Maurice Ravel. A lo largo de mis años de estudiante sólo he interpretado una de sus obras –y me llevó todo un año de duro trabajo– pero he estudiado su vida y su producción pianística desde diversos puntos de vista. Si hubiese tenido la oportunidad de tocar una de sus partituras ante él, lo más probable es que pensase en mí como un ejecutor –en el sentido más literal de la palabra– de su música. No obstante, no puedo evitar que Ravel me caiga bien. Su biografía perfila un hombre minucioso, atento al detalle, perfeccionista; también una persona de buen corazón y mente abierta. Un francés de ascendencia española, fuertemente influido por nuestra tradición, y quizá más español que muchos compositores nacidos en nuestro país.

Hace casi un año, Codalario me publicó un artículo sobre su obra «Le Tombeau de Couperin», que es posible leer aquí. Es una obra que, personalmente, considero conmovedora por el trasfondo trágico que, en realidad, apenas deja entrever en sus seis movimientos. A continuación dejo el vídeo de «Le Tombeau» en la versión de Angela Hewitt –en directo–, que es a mi entender una de las más interesantes que hay ahora mismo disponibles, junto con la de la gran Monique Haas.

¡Joyeux anniversaire, maestro!